jueves, 14 de octubre de 2010

Tórrida durmiente

Subía por mi pierna una sensación extraña, era algo así como un cosquilleo. Traía consigo el sopesar de un dolor profundo y desgarrador. Sentí de repente un escalofrío que consumía mi cuerpo lentamente- sinceramente creía que estaba aún bajo los efectos del pito de marihuana que me fume para dormir tranquila esa noche- , la sorpresa se volvió miedo y este a su vez me consumió rápidamente.
La sensación de ese escalofrío manipulador me obligo a presionar el botón que encendía la lámpara. Tan pronto como pude lo hice; mientras tanto, sentí que ese frió álgido que provenía de mi pierna, se volvía un calor intenso. Entre mis piernas pude ver la sangre que salía de mi herida; esta avanzaba lentamente y me daba la extraña sensación de que no se olvidaba de manchar cada centímetro de mi sabana.
Aun con la lámpara de mi cuarto encendida, la luz era tenue-al menos eso recuerdo-. Trajo a mí en un instante los recuerdos, oscilantes y parpadeantes, de todas la películas de terror que he visto en mi vida.
Quería levantarme para poder ver al pendenciero que me había clavado un cuchillo en la pierna y poder aunque sea darle un par de golpes -sinceramente quería dejarle por lo menos una cicatriz que lo estigmatice por el resto de su vida-, sentí mi cuerpo pesado y mis ojos cansados.
Creo que estoy bajo los efectos de alguna droga -pensé- aun intentando divisar al malhechor.
Se acerco a mí lentamente. Traía puesta una túnica negra como las que suelen usar los monjes o los sectarios. Conforme se iba acercando a mí, sentí que mi cuerpo se entumecía; mis extremidadesse enfriaban y ese escalofrío regresaba otra vez a mi cuerpo.
Tomó mi cabeza entre sus manos y dándole caricias acercó su boca a mi oído y me susurró con una voz entrecortada: ya todo va a acabar...
Aproveché ese instante para cobrar valor, decidí usar todas mis fuerzas para poder librarme de esta.
La tome por sus cabellos e hice que se golpeara contra la mesa de noche que estaba a mi lado. Me asusté pues vi que su cabeza estaba rota y ensangrentaba.
Pegó un grito y algo aturdido trato de levantarse del suelo; mientras tanto, yo me puse en pie. Traté de huir evitando apoyarme en esa pierna –por dios, si que dolía esa mierda. Aun lo recuerdo-, de repente levantó la mirada y entre las sombras que le proporcionaba su capucha- que aun llevaba puesta, por cierto- y pude reconocer sus ojos. Me resultaban ciertamente familiares, demasiados diría yo.
Me compungí al ver que era el rostro de mi madre el que se escondía bajo esa túnica hedionda y algo vetusta. Su mirada no era la misma. No veía más en sus ojos a esa bella mujer que merecompensaba con dulces por termina mi comida; ni a la dulce dama que me enseño a creer en dios y orarle; no estaba más aquella humilde madre que me enseño a soñar y a luchar por mis anhelos. No, no estaba más.
Se acercó a mí dando pasos cortos- como era típico en ella- sacando de su manga otro cuchillo, mucho más grande que el anterior, esbozó una siniestra sonrisa y me dijo: “lastima que esto sea por el lado difícil”
Aún con el cuchillo atravesando mi pierna, traté de correr hacia la puerta desesperadamente. Ella solo caminaba lentamente hacia mí.
¡Alguien ayúdeme, por favor! -grite ni bien pude abrir la puerta- ¡ayúdenme!
Me percate que era de noche. Las luces de mi edificio estaban apagadas y desde el tercer piso-donde estaba ubicado mi departamento- se oía solo a los grillos que con gran estruendo hacían retumbar su canto en todo el edificio.
El cansancio me consumía rápidamente, sentía que mi hora al fin había llegado, venían a mi mente muchos recuerdos-como vi en muchas películas-, se atropellaban unos a otros como si quisieran que los vea a todos. Un intenso dolor de cabeza me obligó a apoyarme contra el barandal de las escaleras.
Me olvide por un instante que mi madre venia tras de mí-supongo que cuando grite pensé que ya estaba a salvo y que alguien vendría en mi ayuda- hasta que escuché el crujir del podrido piso de madera de aquel viejo edificio en el que crecí.
Di media vuelta rápidamente, ella se abalanzó sobre mí con la intención de empotrarme el cuchillo en el cuello. No se como pero pude detenerlo, tal vez fue el miedo a morir el que me forzó a seguir en pie y poder luchar por mi vida. Quizás solo suerte.
-Los científicos dicen que cundo uno corre peligro, el cuerpo libera una hormona que se llama adrenalina. En grandes cantidades la adrenalina hace que el cerebro no considere el factor tiempo; es decir, el cerebro procesa mucho más rápido la información analizando cada una de las posibilidades de escapar del peligro hasta 17 veces más rápido de lo habitual, tratando de tomar la decisión correcta en el menor tiempo posible-
Doña luchita- así solía llamarla de cariño su tierno esposo que en cuerpo ya no esta entre nosotros-, la vecina del cuarto piso, salio de su casa, prendió la luz del viejo edificio que iluminaba el tramo de las escaleras desde el cuarto piso hasta el segundo. Sobre mí, el foco quemado que aún emanaba luz. Aunque parpadeante, dejaba notar entrecortadamente las desgarradoras imágenes que la pobre vieja solterona jamás olvidaría.
Raspó levemente mi cuello pues llegué a detener la trayectoria del cuchillo al tomar su mano con todas las fuerzas, aun en el patético estado en el que se encontraba mi cuerpo seguí luchando-realmente no se bien el porque, pero había una voz en mi cabeza que me exigía seguir en pie y dar batalla- contra mi dulce progenitora transformada ahora en un monstruo iracundo y sediento de sangre.
Aún así pude sentir mi piel abierta. Mis latidos se hacían cada vez más fuertes, mi sangre, tibia aún, bañaba mi dorso.
Todo era tan rápido que me olvide de tener miedo, todo era tan lento que me tomé la molestia de seleccionar bien entre mis opciones la mejor forma de salir ganando. Todo era tan rojo que mi sangre, celosa y resentida, no dejaba de salir, mas para probar cuan roja podía llegare a ser, no le importó prorrumpir de mi cuerpo y dejarme tan débil como ella pudiese. Todo era tan gris y arquetípico; todo era álgido e insulso; todo era memorable y traumático. Todo era felicidad.
Mis fuerzas se atenuaban gradualmente en el forcejeo, yo no quería lastimar a la todavía ensangrentada dama que me dio la vida-quepatéticamente busca quitármela ahora- y me ayudo a crecer.
Lastimosamente amé tanto a esa mujer que no me atreví a hacerle daño por más que mi vida corriese peligro, para mi ella valía mi vida y mil veces más, Ahora solo el desahogo entre lágrimas lograra enamorarme otra vez de ese recuerdo sin temor a tener que sufrir otra vez -pensé- , solo la soledad y su deseo inmensurable de tenerme entre sus brazos y fornicarme hasta hacernos una sola carne podrá salvarme de esta demencia que me consume.
Los inquilinos salieron de sus departamentos a ver que demonios ocurría en la vieja y tranquila edificación. En ese instante, en medio del forcejeo y las miradas atónitas e inquietas de los inquilinos, mi madre pisó el borde de las escaleras y resbaló con el cuchillo en la mano; recuerdo que llevaba en ese instante sus viejas sandalias que le regalé alguna vez. Traté de tomarla de la mano pero inútil fue siquiera intentarlo, mis fuerzas ya casi se esfumaban. La dejé caer.
Vi delante mío como rodaba el cuerpo de mi madre, golpeando una vez y otra su cuerpo contra los escalones. Soltó el puñal casi en el último instante de su caída lo cual fue su perdición. Cayó su cuerpecillo sobre el cuchillo, mientras los dos rebotaban sobre los escalones, clavándose en su vientre. Detuvose al chocar de espalda contra una pared lo cual le hizo caer sentada. Esbocé una sonrisa al ver que su cuerpo aun tenia signos de vida, me di el privilegio de desvanecerme y poder morir en paz. Mi cuerpo, débil y ensangrentado, rodó por las escaleras, embistiendo al de mi madre y clavándole con más fuerza la navaja en las entrañas.
Recostada en ella, pude ver que aquella túnica que le cubría el cuerpo era en realidad la manta que me abrigaba en las noches frías de los inviernos de mi niñez. Mire a mi madre y le pregunté porqué lo hizo, ella recostó su cabeza hacia atrás, contra la pared, y simplemente cedió su vida a hades con un ultimo aliento que emanaba tranquilidad.
-Besé su rostro algo frío, reseco y arrugado; cubrí nuestros cuerpos con la vieja manta. Bajo esta, le di el abrazo que siempre le negué o que tuve miedo a pedirle; le di un último abrazo con todas mis fuerzas vitales restantes. Con el brazo izquierdo envolvía su cintura y con el derecho abrigaba su pecho tomándola por las manos-
Yo también cedí.
Nuestros cuerpos, inertes y ensangrentados, yacían en la vieja escalera donde solía jugar a las muñecas con mamá. En aquel silente edificio solo se oye, ahora, el ruido de las sirenas de las ambulancias que solo han venido para recoger a una familia feliz que ha decidido tomar un descanso de la vida.
Lo último que observé en el rostro de mi madre fue una lágrima de sangre que brotaba de sus ojos.
Solo dormir, solo soñar, solo morir; todo es subjetivo e inconcluso, todo surreal y psicodélico, todo es incertidumbre y objeción. Aún así, te amo.

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