viernes, 31 de diciembre de 2010

Tiberius

El reloj marcaba las doce en punto, todos se levantaban de sus asientos mientras se miraban dudosamente los unos a los otros; sus sonrisas, escalofriantes y turbias, estremecían mi corazón, lo manoseaban, lo aplastaban.
Un tío mio, moreno y chino a la vez, superdotado con una combinación exótica de genes. Ese que a pesar de contar ya con una familia, vive aún con su madre y trabaja de obrero para las diferentes empresas de otros tíos. Aquel tío mio, Martín, el de los gestos indiferentes, inconsecuentes y desordenados, sacó algo de su su vieja mochila supuestamente beige, era una bolsa negra. Tomó la bolsa con ambas manos, retrocedió unos cuantos pasos y tomo asiento en un mueble viejo cercano, la abrió lentamente  para ver su contenido detenidamente y esbozo una sonrisa en entre sus gestos extravagantes. Me miró y supo que lo estaba mirando fijamente, me pasó la voz y yo fui a él, Me dijo que vayamos afuera. Ya en medio de la calle abrió la misteriosa bolsa negra en la que llevaba cuetecillos -recuerdo lo gracioso que fue ver en su rostro aquellos gestos extravagantes, sentí como si buscase desesperadamente sorprenderme a toda costa-, lo volví a mirar fijamente, tratando de penetrar en su alma con mis ojos, y me fui a vagar por allí, a simplemente existir, caminar, ser una materia en movimiento más.

Las campanas de las iglesias sonaban, todas a la vez, una y otra vez, incesantemente, decadencialmente, sin ton ni son, sin modestia alguna, en absoluto.
Un silbido, chillante, doloroso alarido potente y  abigarrado, simplemente penetrante. Lo miré, y él no se percato de mi, su cola de fuego se elevaba desde el suelo y de repente... Luz.  Miles de luces, de todos los colores ellas, de gritos, de risas, de abrazos, de besos, de caricias, de silencio.
Sentí que me falto una sonrisa sincera y un abrazo que enternezca el alma mía; una simple caricia.


Mis manos se enfriaron en el furor de la noche, solo un aroma me mantenía conectado a esta misma. La pólvora, dulce metal consumido con olor a sangre, tonos marchitos y deprimentes con un picor algo desaforado... Es la sangre, sin dudas en ella puedo oler la sangre: Ese humo violento y saturado de felicidad solo podría aturdirme más en esa noche álgida. me sentía mareado, atemorizado y aplastado, me sentí en medio de una guerra- guerra en donde solo el humo te hace recordar que tienes que huir y seguir corriendo para poder salvarte, para poder ver el sol tras el anochecer-. Volviendo con cautela a mí, en medio de mis demonios internos que iban convergiendo en la fiesta retumbante de explosiones.

A mi diestra fuego, por frente sonrisas mórbidas piromaníacas, por detrás empujones y a mi izquierda el humo, el cáliz grisáceo atraído hacia mi por el viento por mi mismo, por mis caídas y tropezones.
¿Qué sera de las cosas no marcadas?,¿Qué más habrá de hablar él sobre mi? ¿qué más grande el regalo o tus puertas y tus mojones esparcidos?- comestibles-.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Álgido

Recuerdo cuando nos burlábamos de nuestra desnudes, dormíamos el uno con el otro, juntos, sin nadie más en el mundo, nos tomábamos de la mano y nos mirábamos a los ojos. Yo te miraba a ti, tocaba tus hermosos cabellos y miraba cada uno de ellos tratando de contarlos, yo te miraba a ti y tocaba tus hermosas cejas, fruncías el ceño y me sonreías. Yo te miraba a ti, tu me mirabas a mi, nuestras miradas se cruzaban, yo veía tus hermosos ojos acaramelados y tu mirabas los tan normales ojos míos. Yo te miraba y me sonreías, me hacías sonreír con naturalidad.
Sentía tu piel y tu te recostabas en mi, en el silencio, en la penumbra, no haba nadie más y jamas existió, eramos solo dos en el mundo de la inmensidad.

Todo regresa a mí claramente, todo recuerdo olvidado, hasta el más ínfimo e insignificante de ellos, regresa fresco y hermoso. Cuando la historia lo era todo, cuando nos amábamos y no me temías, cuando me amabas por amarme con todo el corazón, cuando me entregue a ti con devoción y tu jamas me mentías, cuando el mundo era plano y las palabras perfectas por su existencia, cuando cerrábamos los ojos y pensábamos el uno en el otro deseándonos tenernos uno al lado del otro en silencio eterno, en simple amor. Manteniendonos uno al otro en el seno de la existencia compartida, juntos eternamente en los brazos de morfeo, durmiendo, soñando, pensando el uno en el otro.
No sabes cuanto extraño tu vientre, tus muslos hermosos, tu cabello endemoniado en los que se mezclaban  mi aliento y tu sudor. Nos hundíamos en un submarino amarillo, en silencio, en amor.
Extraño sentir el amor en tus axilas, entre tus brazos, en tus hermosos hombros, suaves y encantadores, en esos ojos, perfectos, grandes y hermosos ojos color miel,
Miel, miel, en tus labios, en tu carne, en todo tu ser, Totalmente dulce en tu frialdad, simplemente miel