jueves, 8 de agosto de 2013

Queda en ti

Claramente si es que escribo esto es porque no estoy junto a ti, otra. No he probado, ni entiendo, el azar del rigor que estrechan tus brazos sobre estos fríos tiempos. Si empece a sofocar este verso es porque ya la culpa de este álgido padecer no es de las mañanas plásticas diarias en la universidad, que pintadas con amargura conjura pinceles de protesta que acarician ansiosos un techo gris, sino que más parece que se debe a que quiero prendarme de la insurgencia clandestina de no conseguir estremecerte.
-¡Claro!, esta de más decirlo a estas alturas, no soy lo que se conoce como bien parecido en absoluto-


Empiezo ridículo y observo atento que tu sonrisa me persigue otro día más. Planta en duda-¡Tu!, ¡Mujer!- esta bandera de quiebres ásperos, de perfil kamikaze. ¡Ven!, Acércate y blandea- nobel testaruda- estrujando mis vertebras contra el costillar. Fractúralos a ellos antes que deseen mancillarte envuelta entre rocíos de frías mañanas y caricias prístinas. Lo más oportuno, siendo sincero, seria quedarme callado, cínico e inmóvil, esperando a que la vida me de una oportunidad, no tengo mucho tiempo de vida y otros muchos mueren esperando. Es entones donde espero los redobles de prisa para que las maquinas impulsen a los engranes de este subversivo corazón inquieto, deseando aprisionarte bajo armas, llave y candelabros amenaza al cosmos para que residas en él tan plácida como el conversar de hidalgos, amantes y poetas.

Vuelvo a leer mareas y ellas azotan el frenesí de estos convulsionados huesos iracundos. Tratando de entender el halo de tu precario aprecio hacia mi, temo. Esconderme de nuevo, huir tras la recompensa en las brisas que agitan tus largo cabellos de acero  que atardece.
Tenso, exhalo otra frustración macabra de pensamientos reptiles que se traduce a labios como un entre mordido grito de maldición acidulaste a mi atmósfera. Tan tenso me queda seguir escribiendo a este prendado crío que pretende desgarrar la carne de mis dedos en los hastíos filos de las cuerdas de la madera canela azafrán de mi guitarra, de tus cabellos. Eros
Es que a veces quiero navegar en el misterio de tus pupilas de roble y otras solo quedo débil, frágil y tan agrietado que propenso al deseo de estremecerte desvanecida, me quebranto ante el muro de tu firmeza y trastabillo en darme cuenta del magnifico monumento del arco que tu sonrisa erige en este desnudo tabernáculo de suertes indispuestas atajadas sobre la plaza de tu rostro, insatisfechas flechas atraviesan dianas de pasados equívocos. Pretendo gritos de gloria y profano el letargo en un gemido fétido y árido como mi estrepitosa alma en su seca penumbra de soledad.
Tiendo a prendarme de este repulsivo aroma de castas frente a ti, encogiendo extremidades y recogiendo el aliento en otro intempestivo intento de acercarme al ruido de sus pies danzantes. Socavo y dilato ideas cual mariposas tornándose retortijones, nudos en gruesos sables de ahorque. Ciertamente más cerca a tu cuello deseo viajar y resbalar discontinuo en la pendiente de tus hombros para dejar reposar este bastarto menton; pudiendo, así, escuchar el respiro de tus fauces amargas cerca al fulgor del perfume de tu reacia cabellera. Queda en ti.

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