Es media noche y aún tengo miedo. Temo despertarme y tener que sonreír, una vez, otra vez y una vez más aparentando tener metas e iluciones que realizar.
Llevar a la cama a un muerto pesa mucho, demasiado. Le temo a las cosas inciertas que le dan sentido a la libertad pero que temo afrontar en mi soledad y, aun desnudo, jamas entenderé.
La frialdad con la que se mesen los cuerpos, uno sobre otro, una y otra vez me aplastan los pulmones y solo me queda aliento para poder socabar mi propia adicción deforme y decrépita, pérfida y somnoliente, simplemente indiferente. Las manos sobre los mismo senos ya no sienten sed de lactancia; solo miran hacia arriba, sus ojos apuntan hacia los grandes pezones trigueños y los ven caerse lentamente, Se burlan de su degeneracion y de su vejez, entre ellos mismos se susurran palabras de odio y se jactan de su posición en la gran mama excretal.
Sus ojos morbidos como claras de huevo se revientan entre espasmos temporales, entre agonías y despilfarros. bailan de arriba a abajo y de diestra a siniestra cual feto, cual alimento.
Humano, lo sé, lo entiendo, lo soy. Aún tengo carne y piel. Aún tengo miedo.
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