unas y cuatros. Cuatros (pared, pared, pared y pared), y dos, dos ventanas sudorosas y estreñidas; estúpidas y grotescas; pateticas y amarillentas.
Una a dos palabras, tres. Enfermizas y lugubres se asoman los adventistas del gran monstruo, se que vienen por mi. Han venido hasta aquí sólo a comerme lenta y dolorosamente.
Si asomas la cabeza por la ventana tan solo un segundo- aunque sea solo un pequeño, minúsculo, pequeño, anodino e insignificante instante- te la degüellan sin temor ni remordimiento alguno. Dejan caer sobre tu cuello sus pesadas y afiladas hachas mientras e miran unos a otros y se burlan de tu rodante y ensangrentada cabeza.
Ellos esperan todo de ti y te apoyan. Te consumen.
Sus risas violentan cada espacio de tiempo y lo perturban. Siguen burlandose de todas las cosas que aun existen corrompiendo todo silencio gimoteador desmedido. Nos escuchan
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