sábado, 4 de diciembre de 2010

Álgido

Recuerdo cuando nos burlábamos de nuestra desnudes, dormíamos el uno con el otro, juntos, sin nadie más en el mundo, nos tomábamos de la mano y nos mirábamos a los ojos. Yo te miraba a ti, tocaba tus hermosos cabellos y miraba cada uno de ellos tratando de contarlos, yo te miraba a ti y tocaba tus hermosas cejas, fruncías el ceño y me sonreías. Yo te miraba a ti, tu me mirabas a mi, nuestras miradas se cruzaban, yo veía tus hermosos ojos acaramelados y tu mirabas los tan normales ojos míos. Yo te miraba y me sonreías, me hacías sonreír con naturalidad.
Sentía tu piel y tu te recostabas en mi, en el silencio, en la penumbra, no haba nadie más y jamas existió, eramos solo dos en el mundo de la inmensidad.

Todo regresa a mí claramente, todo recuerdo olvidado, hasta el más ínfimo e insignificante de ellos, regresa fresco y hermoso. Cuando la historia lo era todo, cuando nos amábamos y no me temías, cuando me amabas por amarme con todo el corazón, cuando me entregue a ti con devoción y tu jamas me mentías, cuando el mundo era plano y las palabras perfectas por su existencia, cuando cerrábamos los ojos y pensábamos el uno en el otro deseándonos tenernos uno al lado del otro en silencio eterno, en simple amor. Manteniendonos uno al otro en el seno de la existencia compartida, juntos eternamente en los brazos de morfeo, durmiendo, soñando, pensando el uno en el otro.
No sabes cuanto extraño tu vientre, tus muslos hermosos, tu cabello endemoniado en los que se mezclaban  mi aliento y tu sudor. Nos hundíamos en un submarino amarillo, en silencio, en amor.
Extraño sentir el amor en tus axilas, entre tus brazos, en tus hermosos hombros, suaves y encantadores, en esos ojos, perfectos, grandes y hermosos ojos color miel,
Miel, miel, en tus labios, en tu carne, en todo tu ser, Totalmente dulce en tu frialdad, simplemente miel

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